Una cumbre sin nombre

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He vuelto a salir a la morrena cargado con dos bolsas de comida para esta salida que durará unos días. Txingu y Gotzon lo han hecho antes porque así podrán ir más tranquilos, paseando los últimos coletazos de su catarro, además de filmar. Hoy, el día ha salido como nunca. Será la luna llena, que trae algo de estabilidad climatológica.

Martillazos que venían de la cocina

Shanta, el cocinero, estaba haciendo una de sus obras maestras. Ya con la mochila preparada, decido ducharme con menos de un balde de agua y un cazo. Acto seguido, como en solitario, con Shanta como espectador. Al parecer quiere saber cómo le ha salido el chuletón de yak que me ha preparado con su guarnición de patatas fritas y vegetales. Esos sonidos de martillo eran precisamente los que han dado como resultado un plato digno del mejor restaurante. Después del té me despido de Shanta y le recuerdo que dentro de dos días tiene que meter el bacalao Giraldo en agua y durante un día y medio o dos días cambiarle varias veces de agua. Así será llegar y besar el santo, porque la energía que traiga de vuelta la utilizaré para hacer un pil-pil de escándalo.


Ya estamos en ese lugar que poco a poco va perdiendo su soledad y donde tenemos dos tiendas montadas. Tras pasar una noche bastante fresca, Txingu y yo nos preparamos y desde las tiendas progresamos por un nevero hacia una montaña intermedia antes del Changtse. Llegamos a una zona donde se levanta una pared de roca de unos 150 metros que acaba en la cumbre cimera. En este punto dejamos algo de material y decido ir hasta la cumbre, quedándose Txingu a esperar mi regreso. La nieve es profunda y el corredor cimero por donde abro huella tiene unos 60 grados de inclinación. Las vistas son apoteósicas. Un viejo conocido muestra sus encantos: El Pumori. El Everest domina en el horizonte. Estoy en una cumbre de 6450 m que ni nombre debe de tener. Desde aquí se accede a la arista larga y que acaba más de 1000 metros más arriba en el Changtse. Entonces decido que para el día siguiente la tienda la colocaremos en esta cumbre sin nombre y así por la mañana, como funambulistas, caminaremos por la arista ante la atenta mirada del Everest, que nos mostrará todo el paredón que crece desde el glaciar de Rombuck.

Publicado el 26/08/2010 por Alberto Zerain.

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