Regreso a casa

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Regreso a casa

El día 1 de octubre comienza siendo un día de recogida de tiendas y bártulos en medio de otra helada atroz que trae consigo otro día transparente como el mismo hielo. En una hora hemos borrado nuestra huella en este rincón del comienzo de la morrena y hemos dejado atrás el murmullo del glaciar donde hemos pasado 45 días inolvidables. Desde el vehículo que serpentea ya los caminos que irán separándonos de nuestro objetivo frustrado nos da recelo mirarlo de nuevo y verlo envuelto por un cielo azul, nítido, impoluto, insinuándonos que ahí está, esperándonos. Preferimos seguir el estribillo de la canción que ha comenzado a cantar Gotzon y que por el tono llena el ambiente como si celebráramos haber hollado la cima de la montaña. No está de más ser agradecidos y valorar lo que somos y lo que tenemos. Y cómo no, la experiencia que nos llevamos, lo que hemos compartido, la amistad que nos acompaña al volver, sin olvidar a todos los que nos han apoyado para que este sueño pueda llevarse a cabo. De una manera muy especial, como socio de La Manuel Iradier quiero agradecer el apoyo prestado, la confianza y la filosofía que tiene el club que hace que sus socios contagien de entusiasmo a la gente allí por donde van.

Después de una hora en el vehículo se nos olvida el mes y medio de peregrinaje entre autopistas de hielo y pedruscos que hemos pasado. Nuestros sentidos se prenden al verdor que rodea los riachuelos donde pastan grupos de yacks en un paraíso de color y armonía. Se prenden al aire rico en oxígeno que acaricia las ventanillas de la nariz y nos hace seguir cantando. Pero todavía tenemos que brincar un par de horas más en el jeep antes de llegar a Tingrid y el repertorio se nos acaba y se nos echa encima la última media hora de viaje antes de parar a comer. Como en las largas noches en los vivacs que resultan pesados, se trata de tener paciencia e ignorar los malos momentos.

Tras comer en Tingrid salimos hacia Nyalan. Los traqueteos ya no existen en este tramo que parece una autopista. Edorta agranda la sonrisa según se aproxima a Nyalan. Seguro que está pensando en la cama que le espera en este pueblo después de mes y medio de dormir encima de la morrena. En realidad, todos estamos a deseos de que llegue ese momento. Ese momento y otros que tienen que ver con las privaciones a las que nos sometemos los que nos echamos al monte tan a la ligera. Así que lo primero que hacemos una vez estamos en el hotel es ducharnos y meternos en las grandes batas chinas. Gotzon aprovecha a segar su cara al igual que yo, mientras Txingu se deja caer en la cama provista de doble edredón. Son las seis de la tarde y tenemos dos horas para hacer tiempo por lo que aprovechamos a pasear por los rincones más ocultos de Nyalan. Escondidas entre las grandes edificaciones de Nyalan hay casas tibetanas que rezuman tradición y costumbres de siempre del país. Varias manadas de yacks desfilan por los pasillos estrechos que los conducen a las bajeras de las casas donde viven. Hemos podido ver también a algunas familias descargando camiones de paja que introducen en los almacenes situados junto a las cuadras. Mientras estas actividades se desarrollan en el submundo de este pueblo, los chinos que han llegado a poner orden y concierto arramplando con lo que han querido se pasean haciendo el ridículo con vestimentas estrafalarias, con aires chulescos y costumbres del país bien cochinas. La calle principal y asfaltada de Nyalan es un lugar donde exhibir todo tipo de zafias y asquerosas maneras que mejor no enumerar.

Por la mañana, mientras esperamos al chófer que nos llevará a la frontera, observamos el movimiento en la calle principal donde vamos viendo a los vecinos acicalándose, despiojándose y lavándose los dientes entre sonoros carraspeos y lanzamiento de gargajos. Todo un regalo para la vista que ayuda a meterse en el vehículo decididamente y sin mirar atrás. Después de una hora larga conseguimos dejar atrás la frontera y proseguimos en autobús hacia Katmandú.

En Katmandú pasamos tres días antes de viajar a casa. En este lugar advertimos que el oxígeno nos va regenerando hasta el espíritu. Incluso los sabores de los alimentos se realzan y el apetito se despierta descaradamente. Como los pantalones nos quedan un poco flojos de cintura aprovechamos a darnos algunos caprichos. En esta ocasión hemos dejado a un lado el barrio turístico de Thamel y hemos tratado de buscar otros rincones donde comer. Ya por los precios parece que cambiamos de país porque cualquier cosa consumida o comprada fuera de Thamel resulta más económica. Sin embargo, también el ritmo de estos lugares que tienen poco trasiego de gente es demasiado pausado. A veces tiene que pasar una hora y media para que nos sirvan. Como colofón, la última cena decidimos hacerla en el Yak and Yeti donde se celebraba el último día de la fiesta de la cerveza –Oktober fest alemana-. El buffet constaba de especialidades alemanas y cada comensal recibía una cerveza alemana. Por supuesto, dejamos el pabellón bien alto y salimos los últimos, aunque casi encorvados de tanto aprecio que hicimos a las especialidades del país alemán.

Y qué decir de Katmandú donde a los ojos salpican imágenes que de tan reales que son pellizcan hasta el alma. Por eso resulta obligado impregnarse de cuantas más cosas mejor porque sólo percibiendo tal variedad de elementos de vida y contrastes en ese todo inmenso donde se sumerge Katmandú, puede uno seguir pensando que en algún lugar haya un paraíso para todos, incluidos aquéllos que hace tiempo se perdieron en el laberinto de la ciudad. Katmandú tiene algo que aunque sea difícil de describir empuja al respeto y a la admiración por su gente.

El día 6 de octubre llega por fin el día de regresar a casa. ¿Estaremos preparados para responder también en este lugar como al parecer lo hacemos en la montaña?
En nombre de todos los compañeros de expedición: Txingu, Edorta, Gotzon y Alberto, nuestro más sincero agradecimiento por haber compartido con nosotros esta aventura.

Alberto Zerain

Publicado el 10/10/2010 por Alberto Zerain.

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