La montaña y sus caprichos

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Es momento de descanso en el campo base chino. Aunque todo no descansa, como el fatigado cuerpo. Sí, es la mente la que se inquieta viendo vaguear al cuerpo sabiendo lo que dentro de pocos días nos espera. Cualquier otro pensamiento que sea diferente al de estar allí, o en ella, en la pared, se difumina rápidamente y no lo vuelves a agarrar.

En las tertulias que tenemos entre los cuatro aparece siempre ella: caprichosa, con ganas de ocupar el centro de atención, y además lo consigue. Sólo si el tiempo se estropea y la niebla, la lluvia o la nieve nos envuelven, entonces sí conseguimos librarnos de su mágico hechizo. Ahora bien, si la montaña se exhibe con un tiempo radiante, aunque dure apenas unos momentos, nos vuelve a recordar que ella es la más grande, la que manda.

Mas no importa si esto es así, porque no podemos escapar a sus rabietas. Nos sometemos a su capricho, pero no queremos reunirnos con ella sin que nos dé su presencia tal cual es, sin trampas de tormenta, de vientos y otros arrebatos con los que convive. Queremos una recepción a solas con ella, sin que podamos decir que para nosotros ha sido un desengaño acudir a la cita.

Mientras tanto, nos quedamos junto al mirador de los turistas con nuestros asentamientos, dispuestos a aguantar hasta el final, a escuchar los gritos de alboroto de los turistas cuando ven a la reina de las montañas, a aguantar sus locuras y sus saltos fuera de sí. Todo es parte del tributo al que nos debemos.

Las banderas de oración se extienden desde el mirador del campo chino hasta otro montículo cubierto de piedras. El colorido de estas telas cobra vida al danzar a capricho del viento.
Las personas, vistas desde nuestro campamento en una esquina de la morrena son también colores que antes de alcanzar el mirador exhiben otro tipo de movimientos diferentes a los de las banderas de oración. En algunos casos se asemejan a los de una señorita que acaba de introducir los tacones en el barro: movimientos destartalados y torpes que tienen como objetivo alcanzar, con el último resoplido, el mirador. Es en este punto donde esos colores, hinchados de plumón o chaquetas gruesas se vuelven como las banderas que danzan al son del viento. Se cargan de vida y de dinamismo. Gritan y hasta saltan, a la vista de la gran montaña que se ha quitado el velo característico que usa como norma.

Así nos quedamos aquí, a la espera de que prohíban por unos días ese velo que nos hace continuar de descanso y sin decidirnos a arrimarnos a la montaña.

Acompañado del libro sobre el Annapurna Este de Jordi Pons, a quien agradezco desde aquí por enviármelo, me despido hasta la siguiente comunicación.

Publicado el 13/09/2010 por Alberto Zerain.

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