La montaña nos manda para casa

No hay comentarioscomentar este artículo


La montaña nos manda para casa

Hoy a las cinco de la madrugada nos hemos puesto en movimiento para estar al amanecer en el comienzo del Corredor de los Japoneses. En un principio, queríamos haber salido de noche, con la luz de la luna, pero no queríamos estar en un sitio por el que todavía no habíamos pasado antes sin tener visibilidad clara. Además, por la noche, el viento comenzó a pegar fuerte. Esto sumado al frío que desde hacía un día estábamos padeciendo, nos iba a dar la sorpresa que hemos tenido hoy cuando estábamos decidiendo si meternos al Corredor de los Japoneses o no.

Mientras subíamos hacia la rimaya, por la derecha, una avalancha enorme dio los buenos días al nuevo amanecer que nos saludaba. Menudo desayuno que nos ofrecía la montaña. A nosotros nos puso los pelos de punta y a los bastones que habíamos dejado más abajo los aparcó en otro lugar. Mientras nos decidíamos desde la rimaya a comenzar el Corredor de los Japoneses o no, continuamente iba cayendo nieve espray de la entrada a la ruta. Esta nieve es experta en colarse por cualquier sitio y dejarte helado, además de blanco. En ese momento le comenté a Txingu si no sería mejor subir al Collado Norte del Everest por aprovechar el día. Con la vista estábamos evaluando el itinerario más asequible cuando desde el Corredor Norton una avalancha atravesó el plató hasta rebañar unos seracs que cuelgan más arriba. Al final, el viento terminó por expulsar también la nieve que quedaba suelta en el Corredor de los Japoneses y nos la echó encima. Bajamos rodando junto con esa nieve polvo casi 100 metros a la deriva, mientras notábamos en nuestros cascos la caricia de algunos trozos de hielo.

La tensión era difícil de dominar ante el acoso de la montaña.

Ya nos íbamos de vuelta con las orejas gachas cuando miro hacia el corredor y ahí venía la segunda versión: la hermana mayor. Como estábamos bastante abajo, pudimos correr y poner distancia de por medio. Esta vez se tuvo que conformar con salpicarnos y nublarnos la vista.

Ante esta experiencia no queda otra que asumir con humildad la realidad. Después de más de 40 días de esfuerzos y lucha en vano, hemos vuelto a hacer un esfuerzo más empujados por una engañosa mejora de la climatología. Y es en esta ocasión cuando hemos caído en la trampa que nos tenía preparada la montaña. Nos manda ya para casa, pero al menos volvemos sanos y salvos.

Escribo estas líneas desde el campo chino, donde me encuentro después de desandar los 30 kilómetros de glaciar y morrenas con todo el material a cuestas. Txingu y Gotzon duermen hoy en el campo intermedio, y Edorta está aquí conmigo.

Publicado el 26/09/2010 por Alberto Zerain.

Comentarios

No hay comentarios


Nuevo comentario





Cerrar