La montaña fuente de vida

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La montaña fuente de vida
Hoy mismo hemos conseguido aparcar los bultos del equipaje en el aeropuerto de Foronda. Si bien, hasta ayer mismo por la tarde, antes de ir a bacalao Giraldo a por materia prima, nos faltaban cosas que encerrar en los bidones y bidones donde guardar cosas. No estaríamos hablando de una expedición al uso si lleváramos días viendo todo ordenado y empaquetado esperando la fecha para embarcarlo.
A pesar de estar acostumbrado a las expediciones, un cosquilleo va agudizándose con el transcurso de los días según nos acercamos a la fecha de salida. Es el hormigueo de lo nuevo, de lo que todavía no comienza y como sueño que es, te quita el sueño. Hasta la fecha, ha habido que conformarse con las cortas salidas a montañas cercanas donde de forma breve pero intensa he podido seguir estando conectado a un elemento que para mí es imprescindible. Pocas actividades conservan el aura de libertad que se respira en la montaña. Cuando uno la visita en soledad es tal la paz que se respira que parece que con nosotros viniera el mejor compañero que tenemos. Y siendo esto así resulta difícil dejar de practicar estas saludables costumbres.
Cuando se desafían las leyes de la gravedad poniendo en práctica la escalada en cualquier macizo, la dificultad que te suponga hacerlo, puede llegar a provocar la sensación de que sólo existe el área donde intentas encaramarte a cualquier presa. El resto del paisaje parece un testigo mudo y ajeno que nos observa. Es normal también escuchar alguna voz reprobatoria en el momento crítico de algún paso que,  no siendo la del compañero, ni de la montaña muda y vigilante, será entonces el eco de la propia voz que rechina por dentro. Uno acaba acostumbrándose a estos vaivenes propios de la escalada.
Es fácil a falta de poco tiempo para marchar hacia el Nanga Parbat romper el hilo que nos ata a las obligaciones del día a día y transportarse a esos parajes donde tendremos que sacar lo mejor de nosotros para resolver las dificultades. Ojalá nos acompañe en todo momento la claridad de ideas para dar la mejor respuesta a las dificultades que acechan en esos lugares donde escasea el elemento vital que respiramos.
Con el paso de los días haciendo actividad en la montaña obtendremos esa aclimatación necesaria para seguir optando a lo que nos hemos propuesto. No cabe duda que el cansancio y a veces el malestar y la desidia, serán elementos con los que tendremos que acostumbrarnos a convivir. Todos estos inconvenientes hacen que nuestro cuerpo vaya tejiendo la coraza necesaria que nos permita seguir adelante con el ímpetu que se requiere. Nuestros sentidos estarán más sensibles también a todo cuanto nos rodea. Disfrutaremos escuchando en las largas noches el silencio y los chasquidos de la montaña. Todo se simplifica en un ambiente de alta montaña. Incluso el lenguaje se vuelve más elemental aunque no por eso menos intenso. Y qué decir de las espectaculares vistas que nos ofrecen los amaneceres y atardeceres, un auténtico escenario de glaciares, de aguas que se detienen al ritmo del anochecer para dormir un sueño helado. De crestas que cortan las nubes y provocan una sensación de soledad y lejanía. Horas después el cielo se despierta y recobra su habitual colorido de azul cambiante, momentos estos que obligan a esconderse dentro del saco de plumas si es que no hemos salido en medio de la noche a ascender la montaña o a jugar a los fantasmas.
Ya me puedo imaginar las vertientes de la inmensa montaña que nos espera. Será a mis ojos otro capricho más de la Naturaleza. Las puntas de los picos Mazeno estarán salpicadas de impolutas y relucientes capas de nieve, dando la sensación de ser un paseo que acaba en la cima del Nanga Parbat. Se trata en realidad de una descomunal muralla en un mundo vertical, y sólo de saber que hoy por hoy nadie de los que lo intentaron la ha completado todavía, nos pone sobre aviso.

Publicado el 07/06/2011 por Alberto Zerain.

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