La aclimatación a marchas forzadas

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Estos tres días de salida desde el campo base hasta el último resalte del Changtse han sido para el cuerpo como si fueran seis; como cuando se toma un medicamento, se quiere que el efecto sea doble, y se duplica la dosis.

Después de la primera noche en la montaña sin nombre, a 6840 metros, hemos pasado dentro de la tienda la mayor parte del día. A pesar de la incomodidad, no nos hemos abandonado y hemos ido poniendo a prueba el estómago, cosa tan importante en altura. No hemos perdonado ni el desayuno, ni el hamarretako, ni la comida, ni el té inglés de las cinco (capuchino en nuestro caso). La cena después vino más ligera, como los buenos hábitos. Sin saber, nos estábamos preparando para una noche de las de órdago a lo grande. Dos horas antes del anochecer, el viento vino de visita y se quedó de pupilo en nuestra tienda hasta las nueve de la mañana. No nos dijo ni adiós. Nos dimos cuenta porque cuando nos abandonó volvimos a disfrutar del espacio cotidiano para los dos. Acto seguido, pusimos el hornillo en marcha y nos dio por prepararnos arroz con leche y un té.

Tras llenar la cantimplora, nos vestimos y, en vez de bajar tras la maldita noche pasada, decidimos ir hasta nuestro objetivo, el Changtse, o simplemente a aclimatar, cuanto más arriba, mejor. Todo podía ocurrir. Llegamos a la arista y tras un descanso de cinco minutos comenzamos la travesía. En cada paso, la rodilla sentía el fresco de la nieve. Parecíamos mutilados pasando por un lugar donde el paisaje nos envolvía y nos seducía a cada rato a continuar. Llegamos por fin a un punto donde se veía cercana la cumbre, a algo menos de tres horas de las que ya llevábamos caminando. Mirábamos hacia la pendiente de la cumbre y veíamos el riesgo de avalancha de placa amenazante, sin darnos cuenta de que, a partir del punto donde nos habíamos detenido, el tramo que debíamos pasar era escalofriante: peligro de avalancha a ambos lados de la montaña. Así, en este punto nos dimos la vuelta, a casi 7300 metros y optamos por regresar al campo base. Bajando, nos alegramos de nuestra decisión porque el clima fue empeorando. Ahora en el base compartimos la experiencia con Gotzon y Edorta, quienes mañana saldrán al campo I, a traer las cosas que quedan en este lugar.

Txingu y yo descansaremos hoy y, mañana mismo, cambiaremos de valle para montar una tienda bajo la cara norte directa del Everest. Ir acomodándonos allí con la infraestructura necesaria costará todavía unos días. Esperamos que la ruta se vaya poniendo en condiciones y que la climatología comience a acompañar.

Desde el campo base, un cordial saludo a todos los que nos siguen,

Agur.

Publicado el 05/09/2010 por Alberto Zerain.

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