Esos parásitos que nos sangran

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En estas líneas que callan el silencio al que me he entregado por estar inmenrso en el trabajo del transporte que parece que en esta época estival se mueve algo más, por estar también inmerso en la expedición al Everest que comenzará en agosto y cómo no, por aprovechar los pocos momentos para entrenar y estar a tono ante el próximo reto, quiero comentar cómo se está viendo descaradamente que cada uno de nosotros lleva su rémora colgando a todas partes y muerde en el momento menos pensado. Me explico. Hace quince dias volví de pasar una semana por tierras granadinas aprovechando que el clima por allí estaba bueno para ascender varias montañas emblemáticas de la zona y escalar en los alrededores de la ciudad. Cuando salí junto con mi amigo Javi en su autocaravana del camping de Granada lo primero que hicimos fue buscar una gasolinera, así que estuvimos dando algunas vueltas entre calles nada amables para conducir debido al estado del tráfico revuelto por la cantidad de obras que hay. Como es normal que ocurra a pesar de llevar cuatro ojos mirando dónde entrar, al final nos despistamos y salimos a la circunvalación, por lo que en la primera entrada que vimos repentínamente nos metimos hacia la derecha. Justo en ese momento un motorista de la guardia civil nos hizo detener el vehículo y a continuación nos comunicó que no habíamos dado al intermitente para entrar a la derecha. Nos quedamos tan perplejos que no supimos ni qué decir hasta que una vez mirados todos los papeles por si llevábamos algún pecadillo más, regresó a darle a Javi la documentación y la receta de 80 euracos. En este momento le comenté al guardia que sí que había hecho mal por no dar al intermitente pero como copiloto en todo momento Javi los utiliza y para darle un poco cova le dije también que está bien que paren a los que no dan la señal y les aconsejen lo importante que es hacerlo, pero tanto castigo no creo que se merezca. La palabras se la comió disiendo qu´é mu grave ezo d´i ci´termitente porahi.

Hace tan sólo cinco días me tocó realizar una mudanza de Vitoria a Matiena, cerca de Durango. Junto con otros dos compañeros, Arnaldo de Paraguay y Guillermo, adanés de la llanada alavesa, soportábamos probablemente el día más caluroso en lo que va de año. Así que nos entregamos al trabajo intentando no pensar más que en lo bello y digno que es el trabajo. Mi camión lo aparqué en la única zona posible para ascender por una escalera de una urbanización que daba acceso por un pasillo colgante a los portales de la misma. Realmente era raro este tipo de invento. Cuando acabamos de sacar todas las cosas y únicamente había que subir lo que quedaba del portal al sexto piso con ascensor, Guillermo cerró las cartolas y a los quince minutos estábamos de vuelta deshidratados y felices de haber dejado atrás ese marrón. Al proceder a salir del lugar con cuidado de no golpear columnas ni nada que asomara advertí que tenía un recuerdo de papel en el parabrisas. Sí, era una multa por estacionar indevidamente el vehículo. Al momento eché un vistazo afuera y vi un todoterreno de los munipas y un poco más adelante estaba la pareja escribiendo más recetas. Amablemente les intenté convencer de que se trataba de un error pero no funcionó. Tenía que hacer un pliego si quería exponer mi teoría. Volví a intentarlo y el menda desde su prepotencia empezaron a darme ganas de estrangularlo delante de su amiga que parece que estaba recibiendo un cursillo de un gran profesional duro e intransigente. Al final le dije que el traje que llevaba le sentaba demasiado grande.

Una vez regresábamos a Vitoria volví a darme cuenta del parásito que cabalga siempre encima nuestro. Trabajamos y sudamos los tres y en el reparto somos cuatro y el bicho cobra más que nosotros y sin hacer nada.

Publicado el 05/07/2010 por Alberto Zerain.

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